Cuando los años o la pérdida de peso dejan atrás hoyos en pómulos, senos o glúteos, la solución más natural puede estar bajo tu propia piel. El injerto de grasa –también conocido como lipotransferencia– extrae tejido adiposo de zonas donde sobra (abdomen, flancos o muslos) y lo transfiera a donde falta volumen, creando un efecto de relleno sin implantes ni productos sintéticos.
El procedimiento comienza con liposucción suave que mantiene intactas las células grasas. El tejido se filtra, se centrifuga y se inyecta en microcánulas de menos de dos milímetros, lo que permite distribuir la grasa con precisión milimétrica y lograr curvas suaves. La ventaja es doble: se reduce la zona donante y se aumenta la receptora con material 100 % biocompatible.
La recuperación combina dos tiempos. La zona donante se comporta como una liposucción clásica: faja de compresión por cuatro semanas y retorno al ejercicio leve a los 15 días. La zona receptora muestra inflamación leve durante siete días; el volumen final se conoce al tercer mes, cuando la grasa que sobrevivió se integra definitivamente. En promedio, el 60-70 % del injerto se mantiene para siempre.
Los usos van más allá de los glúteos o los senos. Se emplea para corregir depresiones faciales tras accidentes, para aumentar el dorso de la mano y disimular venas prominentes, e incluso para mejorar cicatrices de acne. El resultado es natural al tacto y a la vista; no hay rechazo ni desplazamientos, y el efecto mejora con el tiempo porque la grasa madura acompaña los cambios de peso de forma proporcional.
El injerto de grasa es la respuesta para quienes desean volumen sin artificio, aprovechando lo que el propio cuerpo ofrece para restaurar la juventud y la armonía.